COLUMNA / Culo veo, culo quiero S.A.

El arte de imitar sin rubor

COLUMNA / Culo veo, culo quiero S.A.

En el ecosistema mediático local hay personajes que no destacan por lo que crean, sino por lo que replican con entusiasmo casi infantil. Son como esos alumnos que no hacen la tarea, pero copian con tal dedicación que uno casi siente ternura… hasta que recuerda que ya no están en el colegio.

Nuestro protagonista es un maestro en ese arte.

Primero descubrió un periódico digital ajeno y decidió que el mundo necesitaba una versión paralela, idéntica en forma, distinta en alma.

Luego se enamoró de un formato radiofónico y, en un gesto de audacia creativa, lo reprodujo con el mismo espíritu que quien calca un dibujo con papel cebolla.

La evolución natural de su carrera lo llevó a la inteligencia artificial. Ahora, cuando publica, las imágenes parecen sacadas de un catálogo futurista, aunque el contenido siga siendo tan prestado como siempre. Tecnología de punta para ideas de segunda mano: una combinación que, admitámoslo, tiene su encanto tragicómico.

Y por si fuera poco, quiso subirse a la moda de los drones.

Pero claro, para eso hace falta vista, reflejos y un carnet que no se obtiene por simpatía. Así que el dron quedó en la lista de deseos, junto a la originalidad y el mérito propio.

Lo admirable —si uno se siente generoso— es su serenidad.

No hay disimulo, no hay pudor, no hay siquiera el gesto de quien intenta parecer original. Solo la convicción tranquila del que cree que la creatividad es un recurso renovable… siempre que la renueven otros.

Al final, este personaje nos recuerda una verdad incómoda:

hay quien abre caminos y quien se limita a caminar detrás, copiando el paisaje y creyendo que lo descubrió él.

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