Cuando el incivismo aparca donde quiere

Un vecino de San Gregorio nos envía una imagen que, más allá de lo anecdótico, retrata con precisión el tipo de actitudes que siguen lastrando la convivencia en Telde. En ella se ve un todoterreno aparcado sobre tierra y acera, con los contenedores de basura claramente apartados para hacerle hueco. No es que el conductor haya encontrado un sitio libre: lo ha fabricado a su medida, desplazando mobiliario urbano como si fuera suyo.
La escena, que podría parecer un simple gesto de comodidad, encierra una falta de respeto profunda hacia el espacio público. Los contenedores no están ahí por capricho. Son parte de un sistema de recogida que, aunque imperfecto, intenta mantener la ciudad limpia. Apartarlos para estacionar no solo entorpece el servicio, sino que envía un mensaje claro: “yo primero, lo demás que espere”.
Y como si el cuadro necesitara un marco simbólico, al fondo aparece el tristemente célebre “mamotreto”: el Palacio de la Cultura y las Artes de San Gregorio, ese edificio abandonado que prometía ser emblema de modernidad y hoy es símbolo del desinterés institucional. Un espacio que costó millones y que ahora sirve de telón de fondo para actos vandálicos, trapicheos y, como vemos, aparcamientos improvisados.
La imagen es casi una metáfora: el ciudadano que aparta los contenedores para aparcar frente al edificio que la administración apartó para no gestionarlo. Uno por comodidad, otro por desidia. Y mientras tanto, San Gregorio sigue esperando que alguien lo trate con el respeto que merece.
No se trata de demonizar a una persona por un gesto, sino de señalar que cada acción incívica contribuye al deterioro de lo común. Aparcar donde no se debe, manipular el mobiliario urbano, ignorar las normas… son pequeñas grietas que, sumadas, convierten una ciudad en un lugar hostil.
Telde necesita más civismo, sí. Pero también necesita que sus espacios públicos —desde los contenedores hasta el mamotreto— sean defendidos, cuidados y respetados. Porque una ciudad no se construye solo con obras, sino con gestos. Y este, lamentablemente, fue uno de los que restan.
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