Editorial / Telde cambia la hora... pero no cambia la política

Mucho ambiente, mucha propaganda y las mismas recetas de siempre: Telde vuelve a confundir la ocupación de una plaza durante unas horas con la transformación de una ciudad

Por DE TELDE
EDITORIAL
Editorial / Telde cambia la hora... pero no cambia la política
Foto: GG TV

Mientras el gobierno municipal vuelve a sacar pecho por el éxito de una nueva edición de Telde cambia la hora, la sensación que queda entre muchos vecinos es cada vez más evidente: cambia el reloj, cambian los carteles y cambian los nombres de los concejales, pero el modelo sigue siendo exactamente el mismo.

Porque no se puede presentar como una gran transformación de ciudad lo que, en esencia, es una fórmula repetida hasta la saciedad: feria comercial, puestos de artesanía, hinchables para los niños, pasacalles, conciertos y DJs. Una receta que lleva años aplicándose en Telde bajo distintos gobiernos y que vuelve a aparecer envuelta en papel de regalo institucional para venderse como una apuesta innovadora por la dinamización económica.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿hasta cuándo se seguirá confundiendo animación callejera con desarrollo económico?

Nadie discute que llenar San Gregorio de ambiente durante unas horas genere movimiento, atraiga visitantes y beneficie momentáneamente a algunos negocios. El problema es que Telde necesita mucho más que fiestas temáticas para resolver los problemas estructurales de su comercio local. Necesita aparcamientos, seguridad, mantenimiento urbano, limpieza, incentivos para emprendedores, digitalización, captación de inversión y una estrategia seria para competir con las grandes superficies y el comercio online.

Sin embargo, la política municipal parece instalada en la cultura del evento. Una ciudad que presume de cada escenario montado mientras sus calles siguen padeciendo problemas que llevan décadas sin resolverse. Se organizan conciertos con rapidez, pero las soluciones de fondo avanzan con una lentitud desesperante.

Lo más llamativo es que este discurso no es nuevo. Lo defendían gobiernos anteriores y lo defiende ahora el actual. Los responsables cambian de despacho, pero la hoja de ruta permanece intacta: mucho espectáculo, mucha fotografía institucional y muy poca imaginación para afrontar los desafíos reales del municipio.

Y a todo esto se suma un problema aún más peligroso: la desconexión con la realidad. Porque quizás el mayor riesgo para cualquier gobernante no sea recibir críticas, sino dejar de escucharlas. Cuando uno se rodea siempre de las mismas personas, de los mismos aplausos, de los mismos defensores incondicionales y de quienes encuentran beneficio en mantener vivo el relato oficial, termina construyendo una realidad paralela donde todo parece funcionar a la perfección.

Desde ese entorno cómodo, cualquier actividad se convierte en un éxito histórico, cualquier foto multitudinaria se interpreta como un respaldo incondicional y cualquier crítica pasa a ser considerada una molestia. Pero la calle habla otro idioma. La realidad de una ciudad no se mide por los elogios de quienes frecuentan los despachos o viven cerca del poder. Se mide por la opinión de los vecinos, por los comercios que bajan la persiana, por los problemas que siguen sin resolverse y por las oportunidades que continúan escapando hacia otros municipios.

Hay dirigentes que llegan a creer sinceramente que todo marcha sobre ruedas porque sólo escuchan a quienes les dicen lo que quieren oír. Sin embargo, la política tiene una característica implacable: es pasajera. Los cargos pasan. Los focos se apagan. Las fotografías se guardan en un archivo. Y entonces llega el momento de contrastar la percepción con la realidad.

Es en ese instante cuando muchos descubren que la ciudad que describían sus aduladores no era exactamente la que vivían los ciudadanos. Que el entusiasmo que les rodeaba era más interesado que real. Y que fuera del círculo de los aplausos existía una opinión mucho menos complaciente con la gestión realizada.

La ciudadanía merece algo más que una agenda permanente de celebraciones financiadas con dinero público. Merece conocer cuántos empleos estables generan estas iniciativas, qué impacto económico real dejan en la zona semanas después y cuál es el retorno efectivo de los recursos invertidos. Porque llenar una plaza durante una noche es relativamente fácil; transformar una ciudad es algo completamente distinto.

El éxito de participación no debería convertirse en una excusa para evitar la autocrítica. Que haya público no significa necesariamente que exista una estrategia. De hecho, muchas veces la asistencia responde simplemente a la falta de alternativas de ocio en el municipio.

Telde necesita empezar a cambiar algo más que la hora. Necesita cambiar la forma de entender el desarrollo local, dejar atrás la política del escaparate y apostar por una gestión que afronte los problemas de fondo.

Porque mientras algunos celebran cada evento como si fuese un gran logro histórico, una parte importante de la ciudadanía sigue esperando que alguien gobierne pensando en el día siguiente, y no únicamente en la próxima fotografía.

En Telde cambian las horas, cambian los gobiernos y cambian los titulares. Pero la propaganda sigue ocupando el espacio donde deberían estar las ideas.