Hubo un tiempo —dicen los más viejos del lugar— en que Nueva Canarias llenaba auditorios, marcaba agenda y presumía de músculo social. Hoy, en cambio, lo que llenan es… un minibús. Y sin necesidad de alquilar uno grande, no vaya a ser que sobre espacio y quede feo en la foto.
Porque sí, queridos lectores: esto es lo que queda de Nueva Canarias.

Un puñadito de irreductibles que, si se descuidan, caben en la fila del fondo de una guagua escolar. Y aún así, alguno pediría ventanilla “por antigüedad”.
La imagen es demoledora: una mini concentración que parece más una excursión improvisada que una fuerza política. Pancartas en mano, gesto solemne, y ese aire de “vamos a fingir que seguimos siendo relevantes”.
Pero la calle no miente.
La calle nunca miente.
Y lo más irónico es que entre los presentes hay quienes, en su día, fueron condenados en firme por corrupción política. Sí, esos mismos que ahora levantan carteles pidiendo transparencia, justicia y financiación digna.
La vida es un carnaval, pero esto ya es chirigota.
Nueva Canarias no cayó por mala suerte, ni por conspiraciones, ni por “los tiempos”.
Cayó por soberbia, por desconexión, por creerse intocables, por mirar por encima del hombro a la misma gente que hoy ya ni les mira.
Cayó porque confundieron gobernar con repartirse sillones, y política con patrimonio personal.
Y ahora, cuando toca recoger lo sembrado, lo que queda es esto:
Un grupito reducido, sin músculo, sin calle, sin proyecto, sin ilusión.
Un partido que pasó de presumir de “ser decisivo” a no poder llenar ni un bar de tapas un martes por la tarde.
La historia es dura, pero justa:
Quien abandona a la gente, acaba solo.
Y quien se cree eterno, termina en un minibús.

