Faycán: lo que la sentencia no cuenta y la memoria no olvida
Filtraciones, pinchazos cuestionados y un juicio que no confirmó la historia que ya estaba escrita

En Telde no hace falta una sentencia para entender lo que fue el Caso Faycán. Quienes lo vivimos de primera mano sabemos que aquello no se pareció en nada al relato que se construyó en los medios. Y ahora, cuando PP y Ciuca vuelven a gobernar juntos y los periódicos desempolvan el caso como si fuera un aniversario espontáneo, conviene recordar no lo que dicen los archivos judiciales, sino lo que ocurrió en la calle, en las redacciones y en los despachos.
La primera señal de que algo no encajaba llegó antes de que la Policía entrara en el Ayuntamiento. La víspera de la operación, la sección Top Secret de Canarias Ahora publicó que Paco Valido sería detenido al día siguiente. No era una sospecha, ni un rumor: era una afirmación. Una filtración en toda regla. La justicia no había actuado todavía, pero la prensa ya tenía el guion. Y en Telde, aquello se vivió como la prueba de que la operación no era solo judicial: era política y mediática.
Después vinieron los pinchazos telefónicos, muchos de ellos cuestionados por su legalidad o por la forma en que se incorporaron al procedimiento. Abogados de la época hablaron de irregularidades, de escuchas que no podían usarse, de piezas que no encajaban. Nada de eso aparece en la sentencia, pero sí aparece en la memoria de quienes lo vivieron. Porque una cosa es lo que se puede probar en un tribunal, y otra lo que se ve, se oye y se respira en un pueblo entero.
Mientras tanto, los medios construían un relato cerrado: una macrotrama, una red organizada, una corrupción masiva. Un relato que, con el paso del tiempo, no se demostró en el juicio. Cuando por fin llegó la vista oral, la realidad fue otra:
– los principales acusados fueron absueltos,
– los únicos condenados lo fueron por conformidad, no por sentencia tras juicio,
– y la supuesta trama que se vendió durante años no apareció en la resolución final.
Pero para entonces, el daño ya estaba hecho. Carreras políticas destruidas, reputaciones arrasadas, familias rotas y dos muertes que marcaron para siempre la dimensión humana de aquel proceso. ¿Quién repara eso? ¿Quién devuelve la vida a quienes no soportaron la presión? ¿Quién asume la responsabilidad de haber convertido una investigación en un espectáculo?
Por eso, cuando hoy se vuelve a hablar de Faycán, no es casualidad. No es un ejercicio de memoria histórica: es un intento de reactivar un relato que nunca coincidió con los hechos probados. Se recuerda el caso, pero no su desenlace. Se recuerda el escándalo, pero no las absoluciones. Se recuerda la operación policial, pero no las anomalías que la rodearon. Y se recuerda el ruido, pero no el silencio posterior.
Telde merece instituciones fuertes, sí. Pero también merece que se reconozca que Faycán no fue solo un procedimiento judicial: fue un episodio político‑mediático que dejó heridas profundas y preguntas sin responder. Y mientras no se asuma que aquel proceso estuvo lleno de sombras, filtraciones y decisiones que jamás debieron tomarse así, la ciudad seguirá atrapada en un relato que nunca terminó de cuadrar.
Quizá por eso vuelve Faycán ahora. Porque, en el fondo, nunca se fue.
