La burla que incendia a Gran Canaria: cuando un caricaturista juega con la Virgen del Pino
La polémica caricatura de Abraham García, alias Abricaturas, desata la indignación de miles de fieles que ven en su obra una falta de respeto intolerable hacia la patrona de la isla
La Virgen del Pino no es un símbolo cualquiera. No es un dibujo, no es un logotipo, no es un recurso humorístico para ganar notoriedad en redes. Es la patrona de Gran Canaria, la Madre que acompaña a generaciones de isleños en sus promesas, en sus caminatas a Teror, en sus angustias y en sus alegrías. Por eso, la caricatura publicada por el ilustrador guiense Abraham García, conocido como Abricaturas, ha encendido un fuego que no se apagará tan fácilmente.
La imagen, que presenta a la Virgen en un contexto comercial, rodeada de productos y banalidades, ha sido recibida por miles de católicos como una profanación simbólica, una falta de respeto que traspasa todos los límites de la sensibilidad religiosa y cultural de la isla. No se trata de humor. No se trata de sátira. Se trata de rebajar lo sagrado a mercancía, de trivializar lo que para muchos es el corazón espiritual de Gran Canaria.
Y aquí está el punto que más duele: no es un error inocente. Es una decisión consciente. Una apuesta por la provocación disfrazada de creatividad. Una búsqueda de impacto a costa de lo que no se toca. Porque cuando un artista decide usar la imagen de la Madre de Dios para generar ruido, lo que demuestra no es valentía: es irresponsabilidad.

Abraham García, con su estilo habitual de caricatura festiva, ha cruzado una línea que en Canarias se respeta desde hace siglos. Aquí se puede satirizar a políticos, instituciones, empresas, incluso a la propia realidad social. Pero la Virgen del Pino es otra liga. Es identidad, es fe popular, es memoria familiar. Es la figura que une a creyentes y no creyentes en un respeto profundo que no necesita explicación.
Mientras tanto, la Iglesia calla.
Un silencio que muchos interpretan como indiferencia.
Un silencio que duele más que la caricatura.
Porque cuando la ofensa es tan evidente, tan pública y tan hiriente, la ausencia de una palabra institucional se vive como abandono. Y sí, muchos fieles lo dicen sin rodeos: “al obispo le importa un rábano nuestra Virgen”. No sabemos si es cierto, pero la falta de reacción alimenta esa sensación de distancia entre la jerarquía y el pueblo creyente.
El problema no es solo el dibujo.
El problema es el mensaje que transmite:
Que cualquiera puede coger un símbolo canario, manipularlo, ridiculizarlo y convertirlo en mercancía sin consecuencias.
Que la identidad religiosa de la isla está disponible para el “todo vale”.
Que la fe popular no merece protección ni respeto.
Por eso esta caricatura no es una broma desafortunada.
Es una falta de respeto grave.
Una herida abierta en la sensibilidad de miles de devotos.
Y lo mínimo que se espera es que su autor, Abraham García, pida disculpas, reconozca el daño y entienda que con la Virgen del Pino —como con cualquier símbolo que sostiene la identidad de un pueblo— no se juega.





