La democracia dorada de los bombones

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En estas semanas previas a la Navidad, los pueblos de España se visten de ilusión… o de marketing. La multinacional Ferrero Rocher ha vuelto a desplegar su concurso de luces doradas, y en Canarias el elegido ha sido Tejeda. Hasta aquí, todo podría parecer un juego inocente: votaciones populares, orgullo insular, un pueblo que brilla. Pero lo que resulta inquietante es ver a alcaldes de otros municipios convertirse en propagandistas de una firma privada, animando a sus vecinos a sumarse a una campaña que, en última instancia, busca vender bombones.

La elección de los pueblos no es transparente. No hay convocatoria abierta, ni criterios públicos, ni jurado independiente. Es la empresa la que decide quién entra en la lista, y luego se nos invita a participar en una “democracia dorada” donde votamos, sí, pero solo entre los candidatos que Ferrero selecciona. Una democracia limitada, diseñada para reforzar la imagen de marca y multiplicar sus ventas en la temporada más lucrativa del año.

Lo más llamativo es la actitud de algunos alcaldes. En lugar de dedicar su tiempo a los problemas reales de sus municipios —vecinos que lo pasan mal, servicios públicos que necesitan atención, barrios que reclaman inversión—, se vuelcan en promocionar una campaña privada. Se convierten en altavoces de una multinacional, como si la política municipal tuviera que rendirse al brillo del envoltorio dorado.

La paradoja es evidente: mientras los pueblos se movilizan con entusiasmo, la empresa consigue publicidad gratuita, legitimidad institucional y millones en ventas. El pueblo gana luces y visibilidad; la marca gana dinero. Y los ciudadanos, ¿qué ganan? La sensación de que sus representantes trabajan más para un bombón que para ellos.

La Navidad debería ser tiempo de unión y solidaridad, no de convertir a los alcaldes en comerciales de lujo. Porque cuando la política se viste de Ferrero, lo que se ilumina no es la plaza del pueblo, sino el balance de una multinacional.

 

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