La nieve prohibida en Gran Canaria: un derecho natural negado

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En Gran Canaria la nieve es un milagro raro, un espectáculo que aparece de vez en cuando en la cumbre y que despierta la ilusión de miles de isleños que nunca la han visto de cerca. Para muchos, la única opción de tocarla es viajar a la Península, con el coste y la distancia que eso implica. Por eso, cuando la isla se viste de blanco, la expectativa es enorme: familias, jóvenes y curiosos sueñan con subir a la montaña y vivir lo que parece imposible en un territorio marcado por el sol y la playa.

Sin embargo, cada vez que ocurre, el Cabildo repite la misma escena: prohibición de subir, cierre de carreteras y advertencias de peligro. La respuesta institucional es siempre la misma, como si la nieve fuera un enemigo y no una oportunidad. Se entiende la necesidad de garantizar la seguridad, pero lo que resulta vergonzoso es que después de tantas nevadas históricas no exista un protocolo claro que permita a los ciudadanos disfrutar de la naturaleza sin riesgos.

La isla se queda mirando desde abajo, con impotencia. La nieve está ahí, a pocos kilómetros, pero inaccesible. Es como si se negara un derecho básico: el de contemplar y sentir la naturaleza en su estado puro. No es normal que nieve en Gran Canaria, y precisamente por eso debería ser celebrado, compartido y gestionado con inteligencia. No prohibido.

Los ciudadanos reclaman algo sencillo: un plan ordenado y seguro. Que se habiliten horarios, rutas controladas, espacios delimitados. Que se permita subir con responsabilidad, en lugar de cerrar las puertas de la cumbre y condenar a la población a ver la nieve solo en fotografías. Porque la naturaleza no es propiedad de las instituciones, es patrimonio de todos.

La nieve en Gran Canaria es un regalo. Y un regalo no se esconde: se comparte.

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