Manual básico para no perder los papeles (ni el PIO)

La justicia dicta sentencia; Morales responde como si le hubieran pitado penalti injusto en el minuto 93

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Manual básico para no perder los papeles (ni el PIO)

Hay derrotas que duelen.
Y luego están las derrotas que provocan ruedas de prensa donde parece que el mundo se ha confabulado contra uno, el universo está mal alineado y el TSJC se ha levantado con el pie izquierdo solo para fastidiar a Gran Canaria.

La sentencia sobre el PIO cayó, y en lugar de un análisis sereno, técnico y adulto, lo que escuchamos fue un recital digno de un concurso de insultos creativos: “errónea”, “injusta”, “desproporcionada”, “superficial”.
Solo faltó añadir “y además no me gusta tu peinado”.

Mientras tanto, la sentencia —esa cosa aburrida, fría y llena de artículos— sigue ahí, imperturbable, sin alterarse por los adjetivos. Porque las resoluciones judiciales tienen una cualidad maravillosa: no se ofenden.
Se cumplen.
Y luego, si procede, se recurren.
En ese orden.
No al revés.

Pero claro, aceptar una sentencia es fácil cuando uno está acostumbrado a que le lleven la contraria.
Cuando no lo está, pasa lo que pasa:
que el discurso suena más a rabieta de recreo que a institución pública.

El TSJC no ha dicho que el PIO sea malo, feo o enemigo del progreso.
Ha dicho algo mucho más simple:
que se apoyó en una normativa que, según el tribunal, no estaba vigente.
Es decir, un detalle técnico.
Un “oye, revisa esto que no cuadra”.
Pero la respuesta fue como si hubieran declarado la guerra a la isla.

Y ahí es donde uno se pregunta:
¿de verdad era necesario montar este drama?
¿No habría sido más elegante decir “no comparto la sentencia, la recurriremos” y seguir trabajando?
Porque lo que ha quedado es la imagen de alguien que pierde un partido de futbolín y, en lugar de dar la mano, acusa a la mesa, a las barras, al balón, al fabricante y al árbitro imaginario.

La justicia habla con sentencias.
Las instituciones hablan con responsabilidad.
Y los berrinches… bueno, los berrinches hablan solos.

Por El Faro