
Parece que San Gregorio ha decidido competir con las grandes capitales del mundo. No en innovación, no en comercio, no en modernidad… sino en la estampa más triste y rutinaria: personas sin hogar durmiendo en los soportales, enfermos deambulando sin atención, comercios cerrados con carteles amarillentos y locales vacíos que ya nadie pregunta si se alquilan.
La zona comercial abierta, antaño orgullo del municipio, se ha convertido en un escenario donde la decadencia se ha vuelto tan habitual que ya ni sorprende. Los vecinos pasan de largo, los comerciantes bajan la mirada y los visitantes se preguntan si realmente están en el corazón económico de Telde o en un barrio abandonado de una metrópoli saturada.
La ironía es evidente: Telde presume de ser una “gran ciudad”, y en esto —solo en esto— lo está consiguiendo. Porque lo que antes era excepcional ahora es rutina: personas pidiendo ayuda junto a escaparates vacíos, bancos ocupados por quienes no tienen otro lugar donde estar, y calles donde la actividad comercial se apaga mientras la vulnerabilidad humana se hace visible sin filtros.
Los comerciantes, cada vez más asfixiados, hablan de un ambiente que espanta al cliente y de una administración que mira hacia otro lado. Los vecinos, resignados, sienten que el deterioro se ha normalizado hasta el punto de que ya nadie se pregunta cómo hemos llegado aquí.
San Gregorio no necesitaba parecerse a una gran ciudad en esto. Pero lo ha conseguido.
