
Durante años, el Carnaval de Telde fue una referencia en Gran Canaria. No era el de Las Palmas de Gran Canaria, pero competía con él en ambiente, en participación y en orgullo. Venía gente de toda la isla porque aquí había algo especial: un carnaval con identidad, con fuerza, con calle. Un carnaval de ciudad. Hoy, en 2026, lo que hemos visto estos días no se parece en nada a aquello. Y lo más triste es que Telde no es un pueblo, aunque el carnaval que se ha organizado lo parezca.
Una ciudad con más de 100.000 habitantes, con un presupuesto anual que supera los cien millones de euros y con un remanente de más de 250 millones guardados en los bancos, no puede permitirse un carnaval tan pobre, tan improvisado y tan desconectado de su propia historia. No es un problema de dinero. Es un problema de ambición, de planificación y de respeto por la ciudadanía.
Las carrozas, que antaño eran verdaderas obras de creatividad, hoy son barras libres con ruedas. Vehículos donde los adultos beben sin parar mientras, increíblemente, niños viajan dentro, mezclados entre música alta, alcohol y cero control. Lo que debería ser un desfile familiar se ha convertido en un botellón ambulante. Y nadie parece querer asumir que esto no es normal, ni seguro, ni digno de una ciudad como Telde.
El programa oficial del Carnaval 2026 se reduce a unos pocos actos dispersos: un pregón, un desfile anunciador, un Carnaval de Día, una representación literaria, una Gala Drag y la cabalgata. Entre medias, días enteros sin actividad, sin concursos, sin comparsas, sin galas infantiles, sin propuestas culturales, sin vida en los barrios. Un carnaval anunciado del 6 al 18 de marzo que, en realidad, solo ha tenido vida real en cinco o seis días.
Es cierto que vino gente de fuera, pero no esa marea humana que llenaba San Juan y San Gregorio en los años en que Telde era un referente. Lo que se vio este año fue otra cosa: gente, sí, pero no la de antes; ambiente, sí, pero no el de antes; un carnaval, sí, pero no el de Telde.
Y mientras la ciudadanía comenta lo evidente, algunos medios intentan vender este carnaval como si fuera un éxito rotundo. Como si Telde hubiera vivido una fiesta histórica. Como si todo hubiera salido perfecto. La realidad es que ciertos medios han cobrado parte del presupuesto del carnaval y, claro, luego toca publicar que todo fue maravilloso, que hubo multitudes, que el ambiente fue espectacular y que Telde vivió un carnaval “a lo grande”. Pero la gente no es tonta. La gente estuvo allí. La gente vio lo que había. Y quien tiene que saberlo, lo sabe.
Para rematar, ni siquiera se sabe con claridad qué va a pasar con el Entierro de la Sardina. Un acto que debería ser el cierre simbólico de la fiesta se ha convertido en una incógnita. Y si finalmente se celebra, muchos temen que será tan pobre como el resto del programa.
En los barrios se escucha siempre lo mismo: “Esto no es el carnaval de Telde.” “Antes venía gente de toda la isla.” “Ahora no viene nadie.” “Esto parece un carnaval de pueblo.” Y duele. Duele porque Telde fue grande. Duele porque Telde puede ser grande. Duele porque Telde merece ser grande.
Pero para eso hace falta algo que este año no se ha visto: ambición, planificación y respeto por la ciudadanía. Mientras se siga confundiendo austeridad con falta de ideas, mientras se permita que las carrozas sean barras libres ambulantes y mientras el programa siga siendo una sombra de lo que fue, Telde seguirá teniendo un carnaval pequeño, triste y sin identidad. Un carnaval que no está a la altura de su gente, ni de su historia, ni de su futuro.
Por Anónimo Carnavalero




