El político que no sabe irse
Tras doce años y doce mil millones de euros gestionados sin transformar Gran Canaria, ahora se aferra al cargo alegando que “si se va, viene la ultraderecha”. El miedo como último refugio de quien ya no tiene proyecto

Hay políticos que se despiden cuando toca, otros que se resisten un poco más… y luego está el que anuncia que no piensa irse porque teme que “llegue la ultraderecha”. Un argumento tan manoseado que ya solo funciona para quienes necesitan una excusa rápida para justificar lo injustificable: seguir en el poder cuando ya no queda nada que aportar.
Lo curioso es que este miedo repentino aparece justo después de doce años al frente del Cabildo, doce años manejando un presupuesto que suma 12.000 millones de euros, y en los que Gran Canaria no ha experimentado una sola transformación estructural. La isla sigue igual. Exactamente igual. Ni un gran proyecto de modernización, ni una estrategia territorial coherente, ni una visión económica que haya cambiado el rumbo. Nada. Solo subvenciones, ayudas dispersas y decisiones que se pierden en un mar de burocracia.
Mientras él habla de sostenibilidad y ecoislas, la realidad es que la entrada a Gran Canaria es un escaparate de abandono. Lo primero que ve cualquier visitante al aterrizar es un paisaje que no representa a la isla que queremos ser: invernaderos rotos, chiqueros de cochinos, plásticos deshechos, chatarra, coches abandonados, solares sin ordenar. Doce años de gobierno y ni siquiera ha sido capaz de dignificar la aproximación al aeropuerto, la tarjeta de presentación de cualquier territorio que aspire a ser competitivo.
Y aun así, insiste en que no se va porque “viene la ultraderecha”.
No se va porque no quiere perder el sillón.
No se va porque ha confundido su permanencia con la estabilidad democrática.
No se va porque, después de tanto tiempo, no sabe vivir fuera del poder.
El problema no es la ultraderecha.
El problema es un político que ha tenido doce mil millones de euros y no ha dejado una sola transformación profunda en la isla. Un político que se aferra al cargo usando el miedo como argumento, cuando lo único que debería preocuparle es su propio balance.




