EL SOPLÓN / El Minibús Verde (Edición “Desangre”)
De partido decisivo a transfusión urgente: el desangre que ya nadie puede ocultar

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Nueva Canarias presumía de músculo, de estructura, de calle, de ser “decisivos”. Hoy lo único decisivo es quién será el próximo en bajarse del minibús. Porque sí, queridos lectores: el partido se está desangrando. Y no hablamos de un rasguño. Hablamos de hemorragia abierta, sin gasas, sin sutura y sin cirujano dispuesto a entrar al quirófano.
Lo que antes era una organización territorial sólida hoy parece una excursión de fin de curso con plazas de sobra. Un minibús, y gracias. Un puñadito de irreductibles que, si se descuidan, caben en la fila del fondo de una guagua escolar. Y aún así alguno pediría ventanilla “por antigüedad”, no vaya a perder el único privilegio que le queda.
Pero lo más jugoso —lo más morboso— es ver cómo cada semana se baja alguien más. Concejales, alcaldes, consejeros… y ahora Minerva Alonso, que deja el partido pero sigue en el Cabildo, como quien abandona la peña pero mantiene la silla en la verbena.
Y mientras tanto, ahí está él: Antonio Morales, presidente del Cabildo, mirando cómo la guagua se vacía a su alrededor. Uno tras otro, los compañeros de viaje se levantan, recogen el bolso, dicen “yo me bajo aquí” y se marchan al nuevo destino político: Primero Canarias, Municipalistas, o simplemente a respirar aire que no huela a fin de ciclo.
La imagen es casi cinematográfica: Morales sentado en la guagua, cada vez con más espacio, cada vez con más silencio, cada vez con más eco. El conductor mira por el retrovisor y piensa: “¿Se baja o no se baja?”
Porque esa es la pregunta que ya corre por los pasillos, por los mentideros, por los cafés y por los chats de WhatsApp: ¿Se bajará Antonio Morales de la guagua antes de que se quede solo con el chófer?
La calle no miente. La calle nunca miente. Y la calle está diciendo que Nueva Canarias no está en crisis: está en desangre. Un desangre lento, constante, irreversible. Un goteo que ya es río.
Lo que queda hoy del partido es esto: Un grupito reducido, sin músculo, sin calle, sin proyecto, sin ilusión. Un partido que pasó de presumir de “ser decisivo” a no poder llenar ni un bar de tapas un martes por la tarde.
La historia es dura, pero justa: Quien abandona a la gente, acaba solo. Y quien se cree eterno, termina en un minibús… …o preguntándose si es mejor bajarse antes de que apaguen el motor.




