¿Innecesaria alarma en el Polígono Industrial de Las Salinetas?

Treinta años de advertencias ignoradas y una catástrofe que vuelve a poner en duda la seguridad de la zona

OPINION
¿Innecesaria alarma en el Polígono Industrial de Las Salinetas?

Hace algo más de treinta años que venimos hablando y escribiendo sobre el tema al que de nuevo hacemos referencia en el día de hoy: un más que profetizado accidente en la amplia zona acotada para la instalación de las enormes estructuras dedicadas al almacenaje de productos altamente inflamables y contaminantes.

No le pondremos nombre a la firma comercial —que bien pudiéramos hacerlo— porque no nos mueve, en caso alguno, dañar su prestigio comercial. Pero ello no es óbice para tratar el tema con toda crudeza. Supuestamente nada de ello debía haber ocurrido, aunque algunos pudieran estar pensando que una catástrofe de esta dimensión siempre es deseable de ser evitada. Esperemos que las investigaciones pertinentes nos aclaren el motivo o motivos de tal luctuoso suceso, que se saldó con el óbito de un operario y la hospitalización de algunos más.

El que esto suscribe, no lo hace de forma anónima, sino muy al contrario, exponiendo su nombre, apellidos y cargo oficial. No entiende cómo alguien se atreve, a esta altura de la historia, a afirmar que dichas instalaciones no suponen un peligro para la población circundante, máxime cuando un supermercado abarrotado de clientes se encuentra anejo al lugar de los hechos.

Me gustaría preguntar, uno por uno, a las vecinas y vecinos de Las Huesas, Las Salinetas y Las Clavellinas la percepción que tienen sobre su seguridad e integridad personal. Seguramente nos sorprenderíamos del resultado de tal encuesta. Hoy me interrogo sobre el material biológico del que supuestamente estamos hechos los habitantes de las anteriormente mentadas urbanizaciones. ¿Acaso somos ignífugos? ¿Tendremos unos escondidos filtros que nos evitan inhalar humos y otros gases que pudieran dañar nuestros pulmones?

Lo más sorprendente es que la ciudadanía vive en un paraíso ficticio, gracias al oscurantismo en que, con toda probabilidad, son mantenidos por los responsables industriales y los políticos de turno, sean estos a nivel del Ayuntamiento, Cabildo o Gobierno de Canarias.

No sé si la ley obliga, pero la razón lo exige: entre otras medidas preventivas, se deberían colocar cartelas informativas en puntos estratégicos de las vías que circundan este lugar de almacenaje de combustibles.

Jamás hemos asistido a cursos o simulacros de evacuación que nos permitirían actuar debidamente ante accidentes de diversa índole. No estaría de más que cada vecino o vecina contara con un folleto en el que, de forma didáctica, se explicaran los posibles riesgos y la manera de enfrentarse a ellos. Asimismo, el conocimiento exacto de una página web en donde se repitan, de manera clara y precisa, todos y cada uno de los pasos a seguir en caso de una catástrofe.

Sin pedirnos opinión, y por espacio de más de setenta y cinco años, se mantiene en la zona un puerto industrial para carga y descarga de productos derivados del petróleo que, según datos de la Autoridad Portuaria de la Provincia de Las Palmas, ha aumentado en su tráfico naval tanto en el número de buques como en tonelaje desembarcado. Además, y a escasa distancia de esta infraestructura marítimo-terrestre, aún hoy existe la antigua escombrera de pirita de la C.I.N.S.A., sigilosamente ocultada bajo una fina capa de tierra de cultivo que no excede en grosor los veinte centímetros y que, en caso de lluvia, corre ladera abajo en derrubios que forman pequeñas barranqueras que terminan en el propio mar, cuando no dejando charcas con fondos de lodazales en donde la pirita vuelve a ser la protagonista contaminante.

En las calles aledañas hay industrias de todo tipo. En algunas ya se han producido incendios que han puesto en combustión maderas, plásticos, cartonajes, pinturas y otros muchos productos químicos.

Todo ello lo podrá comprobar el lector si se da un par de vueltas por el lugar. Que quede claro que no estamos en contra de la industrialización, pues somos conscientes del alto valor económico que promueve tanto a nivel de abastecimiento general de las Islas como en la promoción y estabilización del empleo. Sólo pedimos garantías específicas de que las cosas se han hecho y se siguen haciendo de la forma más correcta posible.

Antes, con cierta sorna, nos referíamos al presumible material biológico del que algunos creen estamos hechos los habitantes de la zona costera teldense. Supuestamente estas circunstancias vitales nos vendrían a salvar de los más variados contratiempos de las actividades industriales que por allí se generan. Por poner un ejemplo más, hablemos de los efectos negativos que ha tenido para nuestra salud los miles de peces muertos y el deterioro de nuestras aguas por espacio de unos cuantos meses. ¿Culpables? Para unos, las jaulas marinas; para otros, los emisarios submarinos. Sea lo que sea, la costa se contaminó y la ciudadanía estuvo seis meses sin poder utilizar sus playas. También entonces algún vocero oficial nos dijo que nada de ello es perjudicial para la salud del bañista, pero por si acaso desaconsejamos la utilización de las playas. ¿Alguna vez han visto ustedes tal estado de cinismo? ¿Quién pagó y sigue pagando las limpiezas de nuestras playas? Mucho nos tememos que los de siempre, es decir, los contribuyentes, que además sí sufrieron en sus carnes —nunca mejor dicho— los efectos de la contaminación ambiental.

Los que frisamos los setenta años y más recordamos al denominado Río Amarillo o el torrente de aguas calientes que la fábrica de nitratos lanzaba al mar como consecuencia de la limpieza continuada de sus calderas, las mismas que emitían un espeso humo con un fuerte olor a huevos podridos. También entonces, desde la administración y desde la empresa causante de los hechos, se nos dijo que no existían pruebas suficientes para poder afirmar que ambas cosas eran el origen de los numerosos cánceres de pulmón y piel que se dieron entre veraneantes y marinos del lugar. Los mismos que pisaban y nadaban las bolas de alquitrán que abarrotaban las arenas y riscos de Las Salinetas, Desembocadura del Barranco de Silva, Agua Dulce, Tufia y la más lejana Ojos de Garza. ¡Y es, señores, que los teldenses y foráneos que nos han visitado y aún hoy lo siguen haciendo hemos sufrido y sufrimos la vorágine de algunos que, con total impunidad, actúan negligentemente sobre el paisaje y el paisanaje!

¡Que ningún fallecido ni ningún herido quede en el anonimato! ¡Que las administraciones públicas hagan cumplir la ley con toda contundencia! ¡Que las empresas públicas, mixtas y privadas se autoexijan una extrema responsabilidad social!

El desarrollo no está reñido con una existencia segura. Los hechos del pasado —buenos, malos y regulares— son lecciones que deben aprenderse para que el presente y el futuro sean beneficiosos para todos, sin exclusión por habitar en un municipio u otro, tenga este zonas industriales o no. ¡RESPONSABILIDAD SOCIAL!

Por don Antonio María GonzálezPadrón, Académico Correspondiente de la Real de la Historia/Cronista Oficial de Telde.

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