La montaña, que ya no se ve
Cuando la naturaleza pierde y la administración mira hacia otro lado
La Montaña Sagrada de Cuatro Puertas siempre fue un símbolo: un horizonte limpio, una línea de piedra que hablaba de nuestros antepasados y de la relación respetuosa entre el ser humano y su paisaje. Hoy, esa línea está rota. Y no por un fenómeno natural, ni por una desgracia inevitable, sino por la acumulación silenciosa y progresiva de naves, contenedores y estructuras industriales que han convertido lo que era una plantación agrícola en un polígono turístico‑comercial en pleno suelo rústico.

Lo que comenzó como una nave auxiliar para el cuidado del aloe vera se ha transformado en tres naves completas, depósitos metálicos, contenedores marítimos y un circuito de visitas para turistas. Todo ello, estratégicamente colocado en un punto donde tapa la vista natural de la Montaña Sagrada, como si el paisaje fuera un obstáculo y no un patrimonio.
Y aquí es donde El Cernícalo despliega las alas.
Porque esta agresión paisajística no ha ocurrido sola.
No ha brotado como una mala hierba.
No ha crecido sin que nadie la vea.
Ha ocurrido con permisos, con silencios, con miradas desviadas y con una sorprendente falta de inspección por parte de quienes deberían proteger el territorio: Ayuntamiento de Telde y Cabildo de Gran Canaria.
La pregunta no es si lo sabían.
La pregunta es cómo no lo iban a saber.
Las naves no son pequeñas.
Los contenedores no son discretos.
Los depósitos no son invisibles.
Las visitas turísticas no son un secreto.
Todo está ahí, a plena luz del día, como muestran las imágenes: estructuras industriales que rompen el paisaje, que invaden visualmente un entorno arqueológico protegido, que alteran la esencia misma de Cuatro Puertas, un Bien de Interés Cultural que debería estar rodeado de respeto, no de metal y cemento.
Mientras tanto, la administración parece haber optado por la política del avestruz:
cabeza bajo tierra, paisaje bajo contenedores.
Y El Cernícalo no puede evitar preguntarse:
¿Quién gana con esto?
¿Quién pierde?
¿Y por qué siempre pierde la naturaleza?
Porque cuando una empresa amplía su actividad más allá de lo autorizado, cuando muta de agrícola a industrial sin que nadie la frene, cuando convierte un suelo rústico en un escaparate turístico, lo que está en juego no es solo una licencia:
es la credibilidad de quienes deberían defender el territorio.
La Montaña Sagrada ya no se ve desde donde antes se veía.
Y eso, en un municipio que presume de patrimonio, debería ser un escándalo.
Pero aquí, parece que es solo otro silencio administrativo.
El Cernícalo no acusa.
El Cernícalo observa.
Y cuando observa, denuncia.
Porque defender la naturaleza no es una opción:
es una obligación.
Una que algunos han olvidado entre naves, contenedores y turistas.




