La ratita que saltó el charco: crónica satírica de un roedor con vocación de protagonista

Cuando una ratita decide nadar entre policías, jueces y periodistas, el charco deja de ser charco y se convierte en pantano. Y luego algunos dicen que las ratas no nadan…

Por El Faro
OPINION

En Telde hemos visto de todo: políticos que se creían inmortales, funcionarios que confundían expedientes con servilletas, y empresarios que pensaban que el dinero público era un cajero automático sin PIN. Pero ninguno tan peculiar como la ratita que saltó el charco, ese roedor inquieto que decidió que su destino no era vivir entre cajas de cartón, sino entre diligencias judiciales, inspectores jefes y documentos reservados.

La ratita no era una rata cualquiera. No, no. Era una rata con aspiraciones.

Mientras las demás ratas buscaban queso, esta buscaba autos judiciales, oficios policiales, filtraciones, y cualquier papel que tuviera un sello oficial y la palabra “confidencial”. Y cuando lo conseguía, hacía lo que cualquier ratita con exceso de autoestima haría: lo llevaba a la prensa.

Pero ojo, que la ratita era muy digna. Después de filtrar documentos, decía:

“Yo no autoricé la publicación.”

Lo repetía tantas veces que parecía que estaba ensayando para un musical: Ratatouille Judicial, el regreso. Si hubiera repetido la frase una vez, vale. Pero cuando la repite cuarenta, uno empieza a sospechar que la ratita no solo autorizó la publicación, sino que además la maquetó, la imprimió y la repartió por los buzones del barrio.

La ratita que saltó el charco también tenía fuentes. Fuentes muy serias. Fuentes tan serias que estaban dentro de la policía. Fuentes tan serias que le daban documentos que no podían salir del despacho. Fuentes tan serias que, cuando la ratita los filtraba, se hacían los locos.

Y claro, cuando el juez le preguntaba por esas fuentes, la ratita decía:

“No puedo hablar de ello.”

Lo decía con la misma convicción que un niño que esconde un vaso roto detrás de la espalda. No puedo hablar de ello. No puedo hablar de ello. No puedo hablar de ello. Parecía un mantra, un rezo, una técnica de supervivencia.

La ratita que saltó el charco no solo nadaba: buceaba. Se metía en oficinas policiales sin orden judicial, aparecía en diligencias donde no debía estar, hablaba con inspectores como si fuera uno más del cuerpo, y luego se hacía la sorprendida cuando su nombre aparecía en los autos.

En el Caso Faycán hubo políticos, empresarios y funcionarios. Pero pocos recuerdan que, detrás de varias filtraciones, detrás de documentos que aparecían misteriosamente en la prensa, detrás de actuaciones policiales sin orden judicial, estaba una ratita con vocación de protagonista.

Una ratita que saltó el charco. Una ratita que nadó. Una ratita que buceó. Una ratita que terminó siendo más famosa que algunos imputados.

Y luego dicen que las ratas no nadan. Pues esta no solo nadó: cruzó el charco, volvió, y encima dejó huellas en cada orilla.

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