Padre Báez: pudieron apartarte del altar, pero jamás de la conciencia de un pueblo
Carta póstuma a Fernando Báez Santana, un hombre al que nunca consiguieron meter en el molde

Hay personas cuya huella se mide por los cargos que ocuparon. Otras, por las obras que dejaron. Y luego están aquellas que permanecen en la memoria colectiva porque fueron incapaces de pasar desapercibidas. Fernando Báez Santana, el conocido Padre Báez, pertenecía a esta última categoría. Su reciente fallecimiento deja tras de sí un vacío difícil de explicar para quienes compartieron con él conversaciones, debates o simplemente la experiencia de escuchar una opinión que nunca llegaba envuelta en papel de regalo. Podía gustar o disgustar. Se podía coincidir con él o discrepar profundamente. Pero resultaba prácticamente imposible permanecer indiferente. Quienes tuvimos la oportunidad de conocerle más allá del personaje público descubrimos a una persona profundamente formada, inquieta intelectualmente y comprometida con sus convicciones. Estudió Filosofía, Teología e Historia de la Iglesia; fue profesor, sacerdote, capellán y divulgador, desarrollando una trayectoria que trascendió con mucho la imagen simplificada que algunos intentaron construir de él. Reducir toda una vida a unas declaraciones polémicas sería una injusticia. La vida de un hombre nunca cabe en un titular. Y la de Fernando, menos aún.
El valor de pensar por cuenta propia
Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que abundan los discursos calculados, las opiniones prefabricadas y las palabras escogidas para no incomodar a nadie. En medio de esa realidad aparecía Fernando, dispuesto a expresar lo que pensaba sin pedir permiso.
Aquella actitud le generó admiradores y detractores. También controversias. Pero defendió hasta el final una forma de entender la libertad basada en la honestidad intelectual y en el derecho a expresar ideas propias, incluso cuando esas ideas resultaban incómodas para algunos. La libertad no exige unanimidad. Tampoco convierte a nadie en infalible. Sin embargo, discrepar de una persona jamás debería significar negar su dignidad o borrar la importancia de su trayectoria.
Mucho más que una sotana
Durante años, el debate público se centró casi exclusivamente en las polémicas que protagonizó. Sin embargo, detrás de aquella figura mediática existía un hombre culto, lector incansable, estudioso de la filosofía y de la historia, capaz de mantener conversaciones profundas sobre la condición humana, la sociedad, la espiritualidad o la política. Su vinculación con Lomo Magullo y con distintos rincones de Gran Canaria formó parte de una vida entregada al contacto con la gente, a la reflexión y al intercambio de ideas. Fernando fue una persona compleja. Y precisamente por eso merece ser recordado con honestidad, sin convertirlo en santo ni en villano.
La libertad de los condenados
La trayectoria del Padre Báez también invita a reflexionar sobre el papel de las instituciones, la discrepancia y la libertad de expresión.
Sin entrar a juzgar episodios concretos de su vida, resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando una sociedad considera más incómodas ciertas palabras que determinadas conductas. Dónde termina la legítima responsabilidad y dónde comienza el riesgo de convertir la discrepancia en un problema que debe apartarse del camino. Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Porque la libertad tiene un precio. Y no todo el mundo está dispuesto a pagarlo.
Gran Canaria pierde una voz
La isla pierde una figura singular. Una voz reconocible. Un hombre que participó activamente en la conversación pública de su tiempo y que, para bien o para mal, dejó una impresión imborrable en miles de personas. Algunos lo recordarán por su labor pastoral. Otros por sus intervenciones en los medios de comunicación. Otros por sus posiciones más polémicas. Y muchos, simplemente, por las conversaciones mantenidas a lo largo de los años. Porque al final la memoria de una persona no se construye únicamente con sus aciertos o sus errores, sino con la suma de todo aquello que fue capaz de provocar en los demás.
Buen viaje, Padre Báez
Hoy ya no habrá nuevas tertulias ni nuevos debates. No habrá otra ocasión para seguir discutiendo sobre la sociedad, la política, la libertad o la fe.
Pero mientras permanezca el recuerdo de una conversación que hizo pensar, de una reflexión que sembró dudas o de una idea que obligó a replantearse certezas, una persona nunca desaparece del todo. Por eso este artículo no pretende absolver ni condenar. Pretende algo mucho más sencillo: agradecer.
Agradecer las conversaciones. Agradecer los debates. Agradecer las preguntas. Agradecer el ejemplo de alguien que, con sus luces y sus sombras, defendió siempre el derecho a pensar por cuenta propia. Porque quizá el mayor patrimonio que deja un ser humano no es lo que acumula ni el cargo que ocupa, sino aquello que consigue sembrar en la conciencia de quienes compartieron un tramo de camino con él. Buen viaje, Padre Báez.
Que los vientos te sean favorables y que encuentres, finalmente, un puerto sin tempestades.





