
Hubo un tiempo en que las noches de los Finaos reunían a las familias canarias para recordar a sus seres queridos, compartir historias y transmitir a los más jóvenes la memoria de quienes les precedieron. Aquellas reuniones sencillas mantenían vivo algo mucho más importante que una tradición: nuestra identidad.
Sin embargo, hoy muchos niños conocen perfectamente qué significa "truco o trato", identifican una calabaza iluminada y celebran Halloween con entusiasmo, pero apenas saben explicar qué son los Finaos. El problema no es que una tradición extranjera haya llegado a nuestras islas. El verdadero problema es que estamos dejando desaparecer una costumbre que durante generaciones formó parte de la vida de los canarios.
Los Finaos nunca necesitaron campañas publicitarias, centros comerciales ni estrategias de marketing para sobrevivir. Se mantuvieron vivos porque tenían sentido. Eran un encuentro entre generaciones, una lección de memoria y una forma de recordar que nadie desaparece del todo mientras permanezca en el recuerdo de su familia.
Halloween posee raíces históricas respetables, pero la versión que hoy domina escaparates, colegios y redes sociales responde, en gran medida, a una poderosa industria comercial. Lo preocupante es comprobar cómo asumimos con entusiasmo lo que viene de fuera mientras relegamos nuestras propias costumbres a un segundo plano.
Quizás detrás de este fenómeno exista una incómoda realidad: el viejo complejo de inferioridad cultural que, en demasiadas ocasiones, nos hace pensar que lo ajeno es siempre más moderno y atractivo que lo nuestro. Nada más lejos de la verdad. Los pueblos verdaderamente fuertes son aquellos que saben abrirse al mundo sin renunciar a aquello que los hace diferentes.
Por eso la responsabilidad no debe recaer únicamente en las instituciones. También corresponde a las familias, a los educadores y a toda la sociedad transmitir a las nuevas generaciones las tradiciones recibidas de nuestros mayores. Cada abuelo que se marcha sin contar sus recuerdos es una biblioteca que se pierde para siempre.
No estamos hablando solamente de una fiesta. Hablamos de memoria, de identidad y de pertenencia. Porque cuando una sociedad deja morir voluntariamente sus tradiciones más arraigadas, corre el riesgo de olvidar quién es.
Aún estamos a tiempo de recuperar el valor de los Finaos. No mediante discursos ni celebraciones de escaparate, sino devolviendo esta tradición a las casas, a las conversaciones familiares y a la memoria colectiva. Porque el día que necesitemos que otros nos expliquen quiénes fuimos, habremos comenzado a convertirnos en extraños dentro de nuestra propia cultura.
Y como solemos decir por estas tierras: casos se han dado.
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor





