La fuente olvidada de Daora
La histórica fuente diseñada por el artista canario Bernardino Hernández Pérez lleva años sin funcionar y se ha convertido, según Julio César González Padrón, en el símbolo más visible del deterioro y la falta de atención al patrimonio

Hay lugares que hablan de una ciudad incluso cuando permanecen en silencio. En Telde, uno de esos lugares es la Fuente de Daora, una obra concebida para dar vida, belleza y personalidad a un espacio público que, sin embargo, lleva años convertida en un monumento a la indiferencia institucional.
Porque una fuente no se construye para permanecer seca. Nace para que el agua dialogue con el entorno, para aportar frescor, movimiento y convivencia. Cuando deja de cumplir esa función durante tanto tiempo que una generación entera ya no la recuerda funcionando, el problema deja de ser una simple avería. Se convierte en el reflejo de una forma de gobernar que ha normalizado el abandono.
Lo más preocupante es que muchos ciudadanos desconocen incluso quién fue el autor de esta obra. La Fuente de Daora fue creada por el artista canario Bernardino Hernández Pérez, pero hoy parece que casi nadie se preocupa por divulgar su significado ni por conservarla en condiciones dignas.
Y ahí está el verdadero problema. No hablamos de una incidencia reciente ni de una circunstancia excepcional. Hablamos de años de inactividad, de años de excusas y de una resignación colectiva que resulta especialmente peligrosa. Porque cuando una ciudad se acostumbra a convivir con el deterioro, el deterioro acaba formando parte del paisaje.
Mientras tanto, para determinadas campañas, celebraciones o actos protocolarios siempre aparecen recursos. Sin embargo, cuando se trata de conservar aquello que pertenece a todos, surgen obstáculos administrativos, limitaciones presupuestarias o trámites interminables. El resultado es que la Fuente de Daora sigue esperando una solución que nunca llega.
Y no es un caso aislado. Otros espacios históricos y patrimoniales de Telde presentan síntomas similares de abandono. La sensación es que la ciudad va perdiendo poco a poco parte de su memoria mientras quienes tienen la responsabilidad de protegerla miran hacia otro lado.
Como teldense, y como alguien que no está dispuesto a callar ante lo que considera injusto, me niego a aceptar que esta situación se convierta en algo normal. Las ciudades no se degradan de un día para otro. Empiezan con pequeños detalles que nadie atiende. Una fuente apagada. Un rincón olvidado. Un patrimonio que deja de cuidarse. Y cuando nadie actúa, el deterioro acaba extendiéndose.
La Fuente Daora debería volver a funcionar. No por nostalgia. No por estética. Ni siquiera por orgullo local. Debería hacerlo porque representa una obligación básica de cualquier administración pública: cuidar aquello que pertenece a todos los ciudadanos.
Telde merece algo mejor. Y la recuperación de esta fuente sería un buen comienzo para demostrar que todavía existen responsables públicos dispuestos a pasar de las palabras a los hechos. Porque el silencio del agua lleva demasiado tiempo denunciando lo que algunos prefieren no escuchar.
Julio César González Padrón
Marino y escritor





